
La voz de Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) se va alzando, discreta pero poderosa, entre la nueva narrativa española que ha emprendido valientemente el camino del yo al nosotros. En el caso de su nueva novela, La tercera clase (2023), las vidas y los testimonios de los y las jóvenes de La Broa, también de los profesores y profesoras y otros trabajadores del instituto del pueblo, se entretejen en una trágica historia colectiva cuyos hilos no son otros que las redes del narcotráfico en un pueblo de la costa andaluza.
Son historias personales que trascienden lo individual para mostrar una sociedad en la que el tráfico de hachís va impregnando y degradando todas las facetas de la vida del pueblo, incluso la de aquellos que no se dedican a traficar o que por razones personales, sociales, culturales o económicas podrían considerarse totalmente ajenos a ese mundo.
Al final todos salen perdiendo, aunque unos, los de la tercera clase, los de siempre, pierden más que otros, porque en definitiva el narcotráfico no es más que una enfermedad parásita que se aprovecha de un organismo ya enfermo.
También es una novela sobre la función de la escuela en el mundo contemporáneo, pues su estructura narrativa coral da voz a los diferentes profesores y profesoras del instituto, al conserje, a la orientadora, al director, y cada uno de ellos reacciona y actúa (en lo
laboral y en lo emocional) de una forma diferente ante la dura realidad del día a día de sus alumnos y alumnas.
Con estos ingredientes, La tercera clase podría haber sido una novela policiaca, un falso documental, un panfleto simplista, una novela sensiblera o hasta un best seller de literatura juvenil, pero la sensibilidad, el compromiso inteligente y la inusual destreza narrativa de Pablo Gutiérrez la acaban convirtiendo en una obra durísima y lírica a la vez, que mete al lector no ya en la lectura, sino en el mundo de La Broa, en las vidas de los y las que ofrecen testimonio, y que consigue que el receptor tenga que situarse, emocional e ideológicamente, ante la tragedia a la que asiste. (Jorge Sierra).-
Crónica del acto
El Manglar ovetense emulaba ayer sábado por la tarde la luz y la temperatura de la Baja Andalucía, de donde Pablo Gutiérrez parecía haber traído consigo el escenario de su novela. Porque «La tercera clase» es, como se dijo, una novela de territorio. La Broa, que bien pudiera ser Sanlúcar de Barrameda, lugar donde vive y da clases el autor, profesor de literatura en un instituto de secundaria, es el lugar donde transcurre un relato coral, al estilo de la celebrada serie «The Wire». Y el narcotráfico, el lubricante social y económico de las vidas de los adolescentes que pueblan esta historia, autodenominada «historia sentimental del hachís».
En medio del calor, la literatura abrigó aún más las mentes del público asistente, donde quedó clara la vocación de servicio público de los intervinientes que, más allá de su trabajo rutinario, son conscientes de que la educación es la «primera trinchera» contra la desigualdad, en celebrada definición de Jorge Sierra, también profesor de literatura en el ovetense instituto Alfonso II. Una forma distinta, y muy reconfortante, de combatir el calor estival, haciendo comunidad lectora, en palabras de Pablo Gutiérrez, escritor ya reconocido en el mundo de la literatura juvenil y llamado a un prometedor futuro en la literatura para adultos.

































































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